Hace unos meses empecé a dar clases en una universidad de Tokio. Tuve la suerte de contar con la ayuda de mi amigo JCM, que me presentó al jefe del departamento y habló bien de mí (eso es generosidad, teniendo en cuenta mis numerosos defectos como persona). El jefe del departamento tuvo a bien contratarme, y por suertes del destino acabé recibiendo cuatro clases a mi cargo, en lugar de las dos que son costumbre.
La universidad en la que enseño es un lugar interesante. Los estudiantes, por norma general, tienen interés en las asignaturas y se esfuerzan por aprender. Hay excepciones, por supuesto: la mitad de los chicos de la segunda clase de los jueves tienen las mismas ganas de interaccionar que una maceta de geranios -con el agravante de que se trata de una clase de conversación-, y en general todos están más preocupados con las actividades de sus clubes que con los trabajos que tienen que presentar y los exámenes de final de curso.
En parte, esto es culpa del sistema educativo japonés. Para un país con tan alto grado de alfabetización (99%, dicen las fuentes oficiales) Japón ha diseñado su proceso universitario de forma que resulta bastante difícil acceder a una carrera, pero absurdamente fácil terminarla. Como un embudo al revés, dijo alguien una vez para explicármelo; me parece una buena imagen. Dado que soy solamente un hijokin (un profesor a tiempo parcial, sin contrato fijo) no me corresponde poner en tela de juicio la forma en que la facultad hace las cosas, y tengo muy presente que soy afortunado al poder trabajar en un sitio en el que, pese a las tradiciones niponas, la universidad trata de mantener un buen nivel docente y enseñar a sus estudiantes. Y esto no es ninguna perogrullada: he hablado con estudiantes de otros sitios que, tras tres o cuatro años estudiando, eran incapaces de producir una sola frase gramaticalmente correcta o comunicarse decentemente en castellano.
Sin embargo soñar es gratis. Así que sueño con una reforma educativa que le dé una buena patada en el trasero a las instituciones y coloque en primer plano aquello que debería ser la primera prioridad: que los universitarios salieran de la carrera con las habilidades suficientes como para poder dedicarse de lleno a algo que les apasione, y no simplemente con un título que les dé acceso a algún trabajo sin ninguna relación con lo que han estudiado, en el que pasarse media vida olvidando.
De momento seguiré trabajando y aprendiendo. Quizá algún día Japón me dé una sorpresa y se decida a superar la superficialidad que parece apoderarse, cada día con más fuerza, de su juventud. De esperanza se vive, dicen.

Enhorabuena de nuevo, me alegro mucho de que hayas comenzado a dar clases en la universidad y la gente que sabe ver cosas te ayuden.
Universidades, para mí, serán las instituciones de último grado en un sistema educativo y son donde cada alumno debe encontrar su propia idea y capacidad de métodos para trasmitirla, intercambiando con sus compañeros y profesores de su especialidad. Las unis nunca deben ser una fábrica que produce numerosos productos industriales que cumplen parámetros determinados.
Pero tristemente, aún la sociedad japonesa y mercado laboral, prefieren a recién licenciados que encajan en sus marcos homogéneos porque y para que luego puedan teñir con sus propios colores. Yo creo que eso va cambiando y debe ir cambiando, aunque sea muy lento. Quiero que los jóvenes estudiantes sepan que “aprender” es una cosa que dura toda la vida. Yo aún estoy aprendiendo.